Vinos isleños

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Al fin ha llegado la primavera y ya se vislumbra el verano y ante la actual situación por la que atravesamos vamos a viajar hasta nuestras queridas islas sin salir de casa a través de sus vinos, que te transportarán hasta allí sin moverte del sillón. Estos vinos isleños nos van a aportar alegría y ganas de disfrutar de la vida. Vamos a hacer un recorrido por los dos maravillosos archipiélagos para que conozcas de primera mano sus vinos, únicos por distintas razones. ¿Te embarcas con nosotros?

Este wine trip virtual comienza en Canarias, paraíso en todos los sentidos al que no le podían faltar grandes vinos para que la dicha fuera aún más completa. Y el elemento diferenciador de los vinos que allí se elaboran son sus suelos de origen volcánico formados por multitud de erupciones de los numerosos volcanes que jalonan las islas. 

Ese suelo procura a los vinos unos toques sulfurosos que los hacen únicos. Pero que nadie se asuste, que esos aromas y sabores son muy agradables, aportan personalidad y unos toques que hacen singulares a los vinos canarios. 

Vendimia en El Grifo

Las dos grandes “factorías” del vino canario se encuentran en Tenerife y Lanzarote, aunque no perdamos de vista a La Palma y Gran Canaria. Y es que entre las dos primeras acaparan 6 de las 10 denominaciones de origen con las que cuenta el archipiélago canario, 5 de ellas en la isla grande: Abona, Tacoronte-Acentejo, Valle de Güimar, Valle de la Orotava e Ycoden-Daute-Isora

Las otras cuatro denominaciones responden a cada una de las islas que nos faltaban por nombrar, a excepción de Fuerteventura, que ha tenido que conformarse con ser la patria del queso majorero, y esa no es cosa menor. Y eso que el principio del vino canario tuvo su origen en Lanzarote y Fuerteventura tras la conquista de ambas por Don Juan de Bethencourt en 1402.

Estaremos de acuerdo en que los buenos vinos son la suma de varios elementos: vides de calidad, buenos suelos, el clima, y una viticultura a favor de obra. Pues todo eso lo tienen los vinos canarios que te recomendamos más adelante. Otra fuerte influencia es el viento alisio que azota constantemente el archipiélago, que sumado a la influencia del Atlántico aportan una humedad básica para el buen transcurrir del ciclo de la vid.

Viñedos volcánicos canarios

La escasa pluviometría y la altitud a la que están plantados los viñedos (en Tenerife se encuentran los más altos de Europa plantados a 1750 metros sobre el nivel del mar) son muy importantes para entender los vinos canarios. Llueve muy poco y de manera irregular, por lo que el estrés hídrico es una parte más del ADN de las vides, dando lugar a una mayor concentración por el aumento de azúcares y polifenoles.   

En Canarias siempre se apostó a caballo ganador por los vinos elaborados con Malvasía. Vinos que gustaban a un público muy amplio pero que fueron arrinconando a las demás variedades autóctonas. En la actualidad, Canarias no solo vive de la Malvasía volcánica, los jóvenes viticultores de las islas han decidido regresar a la inmensa tradición de sus ancestros y elaborar vinos blancos de calidad con Marmajuelo, Baboso blanco, Listán blanco,Forastera Gomera, Moscatel, Diego, Burra Blanca, Breval, Pedro Ximénez, y tintos con Listán negro, Baboso negro, Negramoll y Tintilla

Trabajador de la bodega El Grifo

Siempre se ha dicho, de manera un poco rancia, que Canarias eran las “islas afortunadas”, pero en el vino claramente es así, puesto que la temida filoxera no llegó al archipiélago y se han podido conservar el pie franco y viñedos viejísimos que se fusionan con los suelos pedregosos y volcánicos que los cobijan. Podemos decir sin temor a equivocarnos que los vinos canarios son de los pocos que quedan en el mundo cuyas vides no han tenido que ser injertadas jamás. 

Los tipos de cultivo que se usan en Canarias son muy diferentes dependiendo de la zona en la que nos encontremos, ya que los lugareños se han tenido que adaptar al clima reinante en cada lugar con verdaderos ingenios a la hora de plantar y conducir las cepas. Hablaremos de los dos que son únicos en el mundo. 

Cordón trenzado o rastra

Se trata de un sistema que solo se emplea donde se inventó, el Valle de la Orotava, aunque también lo podemos encontrar en Ycoden-Daute-Isora. Como si de una larga melena se tratara, mujeres expertas van trenzando los sarmientos de la vid a una altura del suelo de entre 60 y 80 centímetros para dirigir el crecimiento de la viña. La longitud normal del trenzado varía entre 3 y 4 metros, pero se han llegado a “anudar” cepas llegando a los 15 metros. 

El porqué de este tipo de conducción se debe a la falta de espacio en el viñedo canario, muy parecido al gallego en ese sentido, ya que hace décadas se mezclaban en un mismo terreno vides y patatas. En la bodega Suertes del Marqués hacen gala de ello e incluso le rinden homenaje con su aclamado blanco Trenzado. 

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Técnica del cordón trenzado en los viñedos de Suertes del Marqués

Hoyos excavados en la tierra


Esta práctica ancestral se da en Lanzarote con el fin de luchar contra la sequía. Se cavan hoyos en forma de embudo sobre el lapilli volcánico y en el fondo se plantan de una a tres vides por hoyo. La tierra volcánica retiene la humedad de la noche y luego la filtra al subsuelo, y evita que las altas temperaturas del día evaporen esa humedad. Después se construyen muros de piedra semicirculares de unos 70 cm. de altura con el fin de que las cepas no sean cubiertas por la ceniza volcánica azotada por el constante viento. En el espectacular paisaje de La Geria donde tiene sus viñedos El Grifo, podemos observar fascinados como las vides emergen de un escenario casi lunar, de color negruzco. 

Nuestro viaje a las raíces más profundas del vino canario no acaba aquí. Ahora toca descorchar sus vinos y sentir en la copa todo un paisaje, todo un pueblo, toda una cultura vitivinícola única en el mundo. 

Saltamos al archipiélago balear 

Hay quien pueda pensar que en una región tan cálida como son las Islas Baleares pueda ser una tierra más bien hostil para la elaboración de grandes vinos, pero nada más lejos de la realidad. Estamos ante una zona más que interesante para encontrar vinos singulares, elegantes y muy apegados al terruño. 

Aunque podemos encontrar viña, más bien testimonial y algunos proyectos muy interesantes en Ibiza, Menorca y Formentera, la mayor parte de los viñedos en Baleares se concentran en la isla de Mallorca, donde no es necesario ahondar en sus beneficios climatológicos. Allí sobresalen por su peculiaridad variedades autóctonas tintas como la Callet (que ofrece recuerdos de fruta roja) o la Mantonegro, con escaso color y buen grado, menos expresiva en nariz pero que ofrece unos interesantes aromas florales y caramelizados. Antaño usadas para vinos ligeros de consumo muy local, ahora se sabe que bien trabajadas son capaces de entregar vinos con mucha tipicidad y elegancia y además se conjugan muy bien con las foráneas Syrah, Cabernet y Merlot, generalmente bien adaptadas a las condiciones de suelo y clima de esta isla. 

Viñedos de Mesquida Mora

Uvas que crecen en su mayoría sobre terrenos de “call vermell”, nombre popular para denominar los suelos franco-arcillosos con abundante óxido férrico y por tanto con una característica coloración roja (de allí su nombre) pero que también se intercalan con los de tierra blanca arcillosa. Estando sobre el terreno puedes de hecho saltar de viña en viña y darte cuenta de la diferencia de suelos de forma muy evidente. 

Otra de las singularidades de los vinos en Baleares es un cierto carácter salino que tiene su explicación en un viento, el embat, que sopla desde el mar hacia la tierra durante las horas de máxima insolación y cuya dirección cambia durante la noche. Este viento podría aportar a las uvas una importante cantidad de sales que explicaría esta particular característica.

La práctica de una viticultura sostenible y de preservación de los suelos está también arraigada en la filosofía de muchas de las bodegas de esta región, es el caso de bodegas como 4 Kilos con un concepto de elaboración basado en el equilibrio natural de distintos elementos: cepa-suelo-clima-viticultor. Para llevarlo a cabo han contado desde el principio con el apoyo de los viticultores tradicionales de la zona y han primado, sobre todo, respetar el legado de unas tierras libres de pesticidas y de contaminación. 

Una filosofía que también comparte la bodega Mesquida Mora y es que toda la gestión de sus viñedos está basada en el diálogo con la naturaleza. Por ello siembran cubiertas vegetales, aplican compost y preparados biodinámicos y usan infusiones de plantas medicinales, todo con el fin de conseguir uvas de calidad óptima, que sean la expresión más pura del triángulo suelo-clima-variedad. 

Foto de portada © Suertes del Marqués