Una nueva felicidad

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Por David Moralejo, director Condé Nast Traveler

Caminamos estos días rebosantes de palabras nuevas que repetimos sin tregua, verbos y requiebros que nuestra rutina ha normalizado en tiempo récord como si siempre hubiesen estado asidos a nuestro vocabulario. Desescalamos tal si la vida fuese un Everest (que al final lo era, vaya si lo era) aunque tal verbo ni exista, nos confinamos pacientes sin mirar siquiera en la RAE su inquietante definición –“desterrar a alguien”, “recluir algo o a alguien dentro de límites”– y divagamos sobre la “nueva normalidad” cuando anteayer defendíamos que nada ni nadie debe ser calificado de “normal”, pues es en la diferencia donde se encuentra lo extraordinario.

En tanto, quienes, afortunados, podemos brindar por la salud de nuestros seres queridos, descorchamos botellas en principio reservadas para algún momento excepcional, y lo hacemos convertidos en remedos domésticos de Francis Scott Fitzgerald o de Mae West,  entrenando la erótica del deshabillé. Es un hecho: nunca antes se disfrutaron en pijama tantos tragos destinados a entonar con un esmoquin. Yo mismo, en los días más oscuros, he desempolvado humildes joyas que atesoraba para vete a saber qué gran día. Es inherente al ser humano y no debe extrañarnos: guardamos lo mejor que tenemos para compartirlo en momentos álgidos de la vida, lo mismo vale una boda que una mudanza, un temblor emocional que un gol inesperado. Y desde niños enterramos tesoros con la ilusión de encontrarlos mucho tiempo después y hacernos inmensamente ricos. En esas andábamos todos hasta que el mundo cambió y, tras el sobresaltado volantazo, entendimos de qué iba la felicidad.

Iba de esto.

De pequeños momentos, de fugacidades, de esa milésima de segundo en la que decides que te mereces algo colosal y no lo aplazas porque oye, para qué. De vivir (y beber) la vida intensamente, como dice Magic, la bellísima canción de Chucho que hoy suena más bestia que nunca. Atribuyen al actor y dramaturgo Noël Coward esta otra frase que me viene de repente, y permitan la boutade que, desde luego, no pretende serlo: Why do I drink champagne for breakfast? Doesn’t everyone? (“¿Que por qué tomo champán para desayunar? Acaso no lo hace todo el mundo?”). El champán como símil de tesoro resulta pelín obvio, ok, pero reconozcamos que todos llevamos dentro ese capricho tontorrón, innecesario, que aplazamos una y otra vez no sin cierto pudor de romper monótonas rutinas. “Mejor otro día”, nos decimos. En vez de “peor”. Porque siempre fue peor dejarlo para mañana, hasta refranes facilones hay sobre el asunto. Y en esas estamos hoy, comprendiendo que la vida es una, que el pasado empieza antes de que termine esta frase y que más vale disfrutar lo que tenemos sin tiempo que perder. 

Nunca antes la sociedad actual, la que comparte selfies despreocupados en Instagram y se rebela contra el mundo en Twitter porque qué fácil es la guerra desde la trinchera del sofá, se había enfrentado a un bofetón de tan colosales dimensiones. Quién iba a decirnos mientras nos lanzábamos voraces a por un 2020 redondo que una pandemia aún más voraz iba a frenar el planeta. Y que ya nada sería igual.

Aún me falta un rato para batallitas de abuelo, pero no deja de rondarme una –tan reciente es todo y tan lejanísimo a la vez–, la del día que recogimos los bártulos de la editorial donde trabajo y nos fuimos a casa. Jamás imaginamos que publicaríamos una edición de Condé Nast Traveler sin salir al mundo. Qué paradoja. El equipo con más millas del periodismo de viajes, el que días antes de que todo sucediera tenía los pasaportes preparados, literal, para salir rumbo al lago Baikal, las Lofoten, California, Costa Rica, Montenegro y no sé cuántos sitios más, ahora se da los buenos días cada mañana vía Zoom sin poder describir paisajes increíbles desde la esquina contraria del mundo ni remolonear ante alucinantes desayunos en tal o cual hotel. Alucinantes ahora son otras cosas, como haber cambiado esas rutinas por las de celebrar la salud día tras día, presumir de magdalenas caseras, compartir este o aquel vino que probamos anoche y sentirnos más cerca, más todavía. 

Y es en esta nueva normalidad, que habíamos quedado en que no valía y que además se nos hace extraña, donde hemos encontrado una nueva felicidad. Esto sí que es bueno. La felicidad del instante, la del brindis porque sí, la del champán con galletas María, la de vamos a bebernos la vida ahora que está llena.

Querido lector y hedonista, lo de “nueva felicidad” cobra todo el sentido hoy porque con la de antaño, insisto, estábamos equivocados. Creímos que podíamos guardarla a buen recaudo y descorcharla cualquier otro día, pero qué va. Era para ya.