In vino Veritas

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Por Claudia Gozalbes, sumiller del restaurante Coque.

Comienzo con una frase de Plinio “el Viejo”, In vino Veritas, una frase que a lo largo del de los siglos ha ido adquiriendo diferentes acepciones. Empiezo con ella porque es la que ha marcado mis pasos en el mundo del vino.

Mi interés por el vino empezó muy joven, con tan sólo 14 años ya me apasionaba. Me gustaba leer sobre revistas y artículos de profesionales del sector y poco a poco empecé a catar y visitar bodegas, lo que me divertía muchísimo. Fueron mis padres los que me inculcaron la importancia del buen vino que se producía en nuestro país.

En aquel momento para mí el vino no era más que ocio. Soy licenciada en Derecho y he ejercido la abogacía durante años. Sin embargo, llegó un momento en que me di cuenta de que mi interés por el mundo del vino y todo su entorno no podía ser únicamente ocio y decidí que tenía que formar parte de mi profesión. Para mí, Robert Parker era un referente en este sentido. Me centré en el estudio de la legislación vitivinícola y comencé a trabajar como sumiller hace un par de años.

Lo que he aprendido de mi trayectoria es que el pasado siempre aporta. En mi caso, me ha servido para saber escuchar al cliente, tener la inteligencia emocional mínima para leer mejor sus intereses y, sobre todo, relativizar los problemas. “No existen problemas, existen soluciones”, esto es una máxima a tener muy en cuenta tanto en el trato con el cliente, como entre compañeros, ya que no siempre es fácil lidiar con ciertas situaciones y pequeños conflictos que se nos presentan en el día a día.

Creo también que es esencial que para conseguirlo el profesional esté descansado y se sienta respetado en el trabajo y con tiempo para la formación. De esta manera se pueden poner en valor todos los detalles que hacen falta para poder transmitir felicidad y confianza al cliente, y por tanto, hacer un servicio excelente. Dando igual si se trata de un restaurante tres estrellas Michelin o un bar de barrio. Que el personal esté formado es esencial, que cada trabajador profundice en su campo es de vital importancia para mejorar y crecer laboralmente. El conocimiento es poder. Quizá estos son los temas pendientes en parte de la hostelería actual del país.

Actualmente trabajo como sumiller en el restaurante Coque**, en Madrid, donde somos cuatro sumilleres; cada uno con un estilo propio, bajo la batuta de Rafael Sandoval, ante el reto de manejar una bodega con unas 3.000 referencias. En este sentido, la importancia de trabajar en equipo es fundamental, buscar el engranaje perfecto, uniendo lo mejor de cada uno dentro del conjunto que formamos con el personal de cocina, sala y el equipo de limpieza (un trabajo en la sombra sin el cual nada sería posible). Armonía, respeto y sinergia son los conceptos que marcan la diferencia y hacen que la experiencia del cliente sea única.

En mi opinión, el sumiller es una pieza más para fomentar el consumo (moderado) de vino en nuestro país, consumo que se encuentra muy por debajo de otros países europeos, desmitificar que el vino es para sibaritas o personas de cierto nivel adquisitivo y por supuesto, revalorizar el buen producto nacional que tenemos.

Nuestro trabajo de cara al cliente, debe ser conseguir hacer caer en desuso el “yo no entiendo de vinos, sólo si me gusta o no me gusta”, una frase muy recurrente que en la mayoría de las ocasiones percibes como el cliente se siente incómodo al decirlo, sensación sin embargo que nadie en nuestro país tiene con la cerveza, siendo otro mundo amplísimo. Nadie se tiene que justificar por no saber categorías de vinos, de variedades de uva o de hectáreas de cultivo de una bodega. 

Nuestra misión es ayudar al cliente a entender qué características son las que hacen preferir un cierto tipo de vino a otro para que pueda ampliar su espectro y hacerlo partícipe de vivir una experiencia en la que tenga todos sus sentidos puestos en disfrutar, dedicándole a cada comensal el tiempo y el cariño que se merecen.

La sumillería, no es sólo un trabajo, es amor hacia el vino y una forma de vida, en la que se está en constante aprendizaje y evolución, para poder hacer que el cliente se vaya con una sonrisa a su casa, una de las cosas más bonitas que aporta esta profesión, y quizás una por las que yo di un giro de 180 grados a mi vida.

Y después de esta reflexión os pregunto, ¿en el vino está la verdad?