Entrevista a Marcos Eguren

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Marcos Eguren es hermano de Miguel, hijo de Guillermo y bisnieto de Amancio. Todos ellos conforman una saga de viticultores y elaboradores que han logrado situar sus vinos en la élite vinícola española, alcanzado hitos como los 100 puntos Parker de Numanthia, elaborado en la bodega que tenían en Toro y vendieron al grupo Moët Hennessy en 2008.

Desde esta fecha, que supuso un antes y un después para la familia, trabajan en sus tres bodegas riojanas y en la toresana Teso La Monja, en las que elaboran vinos elegantes, sedosos y modernos. Hemos hablado con él para conocer en primera persona cómo son sus vinos y cómo piensa el responsable enológico de uno de los grupos de bodegas riojanas que mejor combina la calidad con la capacidad de ser prolífica.

Hemos visto imágenes desoladoras de la helada del día 28 de abril, ¿cómo os ha afectado a vuestros viñedos?

Fue muy dura. Aún es difícil determinar cuáles serán los daños finales de esta añada. Hay viñas que están afectadas al 100% y otras no tanto. Esperamos que gracias al trabajo de nuestros técnicos se recupere gran parte de lo que se ha dañado y se consiga reducir al máximo la pérdida de uvas.

¿Cómo es trabajar con tu hermano Miguel?

Cada uno de nosotros se ocupa de cosas diferentes. Nos complementamos muy bien. Miguel tiene una capacidad brutal, es muy inteligente, es el presidente del consejo de administración y lleva toda la parte de gestión de las bodegas. Yo llevo todo lo que es técnico y enológico. A veces resulta algo complicado conjugar la rentabilidad con la excelencia, pero ambos estamos en sintonía y sabemos lo que queremos. Y luego, para cada bodega hay un equipo de personas que trabajan en asuntos más concretos. También, en el consejo de administración hay personas externas a la familia. Es muy importante esto para saber cómo te ven desde fuera. Somos una empresa familiar pero funcionamos como cualquier otra que no lo sea.

¿Cómo vivís la tendencia hacia los vinos más afrutados y sin tanta estructura?

Por nuestra ubicación, entre Sierra Cantabria y el río Ebro, nunca hemos pretendido la máxima estructura. Nunca fue ese nuestro objetivo. Lo más importante es que los vinos muestren su equilibrio y todo el potencial de la tierra de donde proceden. Quizás esto hace años no se entendía tanto, esto parece que está cambiando. Hacemos vinos potentes, pero finos, frescos, fluidos y elegantes, distinguidos por sus taninos dulces y por ser sedosos. Esto es lo que más se demanda ahora.

¿Qué hace diferente a vuestras tres bodegas riojanas?

La principal diferencia es que trabajamos con viñedos propios y solo en una zona muy concreta –Sierra de Cantabria-. Algunos de los vinos que hacemos son más tradicionales, pero nunca han sido clásicos, de ensamblajes, sino que siempre hemos buscado que expresen la identidad de un pueblo o de una zona. En San Vicente y Páganos elaboramos vinos de parcela. Cada uno de los vinos de estas dos bodegas muestran el carácter de un suelo y un microclima concreto.

¿Cuál de todos los vinos te hace sentir más orgulloso?

Le tengo un cariño especial a Murmurón, un vino de maceración carbónica, joven, de media montaña, el más sencillo de todos. Es un vino que le gusta mucho a mi padre. Después, San Vicente también es un vino afectivo, es el nombre de nuestro pueblo, donde tenemos el caserón familiar y, además, es el patrón de los viticultores. Este vino nos ayudó a situar a los demás entre la élite del vino español. Hay veces que apetecen vinos más ligeros, como La Nieta, y otras que apetece más uno más reflexivo, como Amancio, que es más complejo y con mayor estructura. Para llevar a una cena suelo elegir el Colección Privada, que a mi mujer le encanta. Es que hay vinos que provocan cierta alegría, es el propio carácter del vino, que te transmite la pureza del paisaje, el frescor, la fruta y, por qué no, la chispa también. Todo eso se nota en un vino.

¿Sois más viticultores que bodegueros?

Nacimos de la viña. Hay muchas bodegas que primero hacen una bodega fantástica y luego buscan las uvas. Nuestra línea es otra. Como viticultores queremos marcar la identidad del vino en el viñedo, que el vino cuente cómo es. Todo nuestro trabajo está encaminado a cuidar esto al máximo. Y el trabajo en bodega tiene que potenciar el que tiene lugar en el viñedo.

No utilizamos productos de síntesis, todo el trabajo es manual y controlamos muchos los rendimientos. Hacemos lo que hacían nuestros abuelos, pero con el conocimiento que se tiene hoy de todo. Luchamos cada día para que el suelo de nuestros viñedos tenga vida. Cuando esto es así, cuando tenemos una uva viva, el vino consigue transmitir emociones. Hacer vinos es esto, contar cosas y emocionar.

¿Qué opinas respecto al debate que está teniendo lugar en la DOCa Rioja?

Esta es una denominación de origen antiquísima, que ha tenido que ir adaptándose a los cambios. Ahora creo que tiene que volver a adaptarse. Es una región con una diversidad enorme. Hay viñedos grandes y pequeños, y todos tenemos que convivir. Hay una serie de reglamentaciones que son verdaderos corsés y que tendrán que modificarse. No es el mismo vino es el que se produce en un viñedo con un rendimiento de 7.000 kilos por hectárea que el que tiene 3.000. Todas las posiciones son válidas, hay que intentar aglutinarlas todas y permitir que cada uno muestre su realidad.