El valor de la añada: del ciclo perfecto a la verdad en la copa

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No solo es la fecha de la vendimia; es el registro del clima y de las decisiones que se tomaron para poder obtener de la vid el mejor de sus frutos: el ADN del vino que será. La historia y la evolución de un viñedo, de una región y de una bodega se miden también por sus grandes añadas. Pero ¿qué las determina?, ¿cómo las evalúa un Consejo Regulador?, ¿su calificación oficial queda escrita en piedra o es el paso del tiempo y el juicio de la crítica y del público lo que dicta sentencia?, ¿cuál es el impacto del cambio climático o hasta qué punto son, además, el indicativo de nuevos estilos y gustos? Profundizamos en el valor de la añada más allá del guarismo.

La definición más directa de añada en un vino es sencilla: el año en el que las uvas fueron cultivadas y, posteriormente, vendimiadas para su elaboración. De la lluvia al sol impenitente, la sequía, el riesgo de plagas a cuenta del exceso de humedad o la amenaza de granizadas y heladas tardías… El tiempo acompasa el ciclo del viñedo dejando su impronta indeleble en la calidad final de los frutos. Sobre el papel, la perfección apunta al equilibrio y la homogeneidad. La añada ideal se forjará tras un invierno frío que deje suficientes reservas de agua; una primavera suave, luminosa y sin heladas a destiempo; un verano cálido, que someta a las cepas a un estrés hídrico moderado para concentrar polifenoles, con buen contraste térmico entre día y noche, y jornadas previas a la cosecha secas, soleadas y ventiladas. Pero el clima no lo es todo.

En la ecuación de una gran añada intervienen la sabiduría del viticultor, el conocimiento exhaustivo de su parcela y, cómo no, la interpretación del enólogo. No son pocas las ocasiones en las que un año climáticamente adverso es salvado por la resiliencia de la viña vieja y la precisión técnica, mientras que una cosecha perfecta en lo meteorológico exige (y no es poco ni sencillo) una elaboración a la altura que capture ese potencial en la botella.

Además, el concepto de añada se somete a un triple rasero: la valoración analítica y sensorial previa de los Consejos Reguladores, la adaptación del elaborador al terroir y la sentencia definitiva del mercado a través de la crítica y la evolución del vino con el devenir de los años. La memoria líquida de cada cosecha se escribe a varias manos.

La calificación institucional de la añada y el mercado

El valor de una cosecha empieza a forjarse formalmente en el ámbito de cada región a través de las calificaciones otorgadas por sus respectivas denominaciones de origen. En Rioja —primera denominación de origen calificada de España desde 1991—, este protocolo constituye un engranaje de precisión que combina analítica pura y cata a ciegas sobre una muestra representativa de todas las bodegas de sus distintas subzonas.

El valor de la añada: Cata de grandes añadas con motivo del centenario de la D.O.Ca. Rioja
Cata de grandes añadas con motivo del centenario de la D.O.Ca. Rioja

Según explica Alejandra Rubio Gil, directora de Servicios Técnicos del Consejo Regulador, el proceso involucra a tres laboratorios acreditados y a un panel de cata que evalúa las muestras a ciegas utilizando copas negras para garantizar la absoluta objetividad. «No hay unos valores analíticos únicos que determinen una calificación de ‘Excelente’, sino que es un compendio de muchos factores: equilibrio, intensidad, tipicidad, calidad aromática, estructura y potencial de evolución«, señala Rubio Gil, quien apunta: «Somos muy exigentes con la calidad y el rigor para lograrla, por lo que obtener un ‘Excelente’, como el del año pasado, en el centenario de Rioja, no es nada fácil; siempre se cimenta en el trabajo de los viticultores para conseguir la máxima calidad en sus uvas y en los profesionales de la enología y bodegas que sacan el máximo partido de ellas».

Sin embargo, esta etiqueta institucional no siempre se traduce de forma lineal en la decisión de compra del aficionado. «La calificación funciona más como un respaldo institucional o sello de confianza que como algo que realmente dispare las ventas por sí solo», sostiene Isabel León, del equipo de Selección y Ventas de Bodeboca. Su experiencia en el comercio electrónico le lleva a afirmar que el consumidor no suele consultar las actas del Consejo Regulador antes de llenar el carrito: «Lo que de verdad dispara la compra son las puntuaciones de la crítica, las recomendaciones, la notoriedad de la marca o el precio«.

Esta cierta divergencia entre el dictamen oficial y el rendimiento en la copa encuentra su mejor ejemplo en cosechas catalogadas institucionalmente como «Muy Buenas» que terminan revelándose como sublimes. La añada 2021 en Rioja es una buena muestra de ello. Aunque el Consejo le otorgó el segundo escalón cualitativo, Rubio Gil reconoce que «se está comprobando que los vinos están teniendo unos niveles de calidad muy próximos a la excelencia». León coincide: 2021 es «el ejemplo perfecto de por qué las calificaciones oficiales a veces se quedan cortas». Y es que el vino no son matemáticas ni un elemento inamovible; su vida es incierta y sorprendente, y eso es lo que hace a esta bebida única y emocionante.

¿Cambio climático y de paradigma?

El clima dicta el perfil del vino, pero la forma de interpretar las añadas cálidas y frías ha experimentado un giro radical en las últimas décadas. Tradicionalmente, se asociaba los años cálidos a vinos con mayor volumen, concentración y madurez, mientras que los fríos favorecían la acidez, la tensión y la viveza aromática. Rubio Gil subraya que en terruños complejos como Rioja, «gracias a la enorme diversidad climática, de suelos y variedades, ambos perfiles pueden ofrecer una excelente capacidad de guarda con el correspondiente equilibrio que saben alcanzar los elaboradores».

El valor de la añada: El enólogo Bertrand Sourdais en su viñedo soriano
El enólogo Bertrand Sourdais en su viñedo soriano

No obstante, el cambio climático y la evolución del gusto contemporáneo han reconfigurado las preferencias. «Por ejemplo, las grandes añadas del siglo XX son las que estaban maduras: 1945, 1959, 1964, 1989… Mucho sol, buenas temperaturas y una pluviometría razonable; en esa época estábamos buscando la madurez. Pero parece que hoy no buscamos lo mismo. Creo que la calificación de gran añada es una opinión que tiene que consensuarse en un grupo de gente, sobre todo por parte de los consumidores». Es la opinión de Bertrand Sourdais, enólogo y viticultor en Ribera del Duero al frente de Dominio de Es y Antídoto, postura que también comparte León. La experta comercial pone el foco en la escasez de acidez a causa del calor excesivo, que amenaza la longevidad del vino: «El cambio climático ha provocado que la madurez que antes costaba conseguir hoy sea la norma, pero a costa de perder acidez. Para un vino de alta guarda, esa acidez es innegociable porque sin ella el vino se oxida antes». Así, las añadas más frescas se han convertido en las más codiciadas, tanto por la crítica como por el consumidor que busca elegancia, finura y capacidad de envejecimiento.

A pie de campo, la respuesta de la planta ante este nuevo escenario térmico está sorprendiendo a los propios viticultores. «Las plantas y las viñas se toman el cambio climático con mucha más tranquilidad que nosotros, a pesar de que no tienen aire acondicionado», observa Sourdais, quien percibe su afección especialmente en el adelanto del ciclo vegetativo. «En el año 2023 tuvimos un alcohol muy razonable, y en 2024 y 2025 también; son tres añadas con tres climas muy distintos y, sin embargo, hay grados de alcohol mucho menores de los que esperábamos. Por lo tanto, estamos observando una autorregulación de los viñedos en sus grados alcohólicos sin necesidad de ir a vendimiar antes del punto óptimo de madurez». La clave para el vigneron radica «en plantar en terrenos adaptados al viñedo, y no en un secarral ni en un páramo donde históricamente nunca los hubo».

Factor humano, viña vieja e interpretación del terroir

Frente a una campaña climática adversa, la calidad y singularidad del viñedo y del terruño emergen cobrando absoluta relevancia. «La viña vieja es la que va a salvar el año. La viña joven tiene toda la susceptibilidad a los extremos climáticos —exceso de agua, sequía, calor…— y lo siente mucho más. La viña vieja es sabiduría pura, capaz de gestionar estas situaciones con temple», defiende categóricamente Bertrand Sourdais.

Esta resiliencia, sumada a una viticultura pulcra sin malas hierbas, permite amortiguar los picos climáticos de forma natural y explica por qué la calificación global de una denominación de origen no puede encorsetar el resultado de una parcela concreta. En un mismo año catalogado de modesto o difícil por las instituciones, un elaborador con un viñedo privilegiado y gran sensibilidad técnica puede firmar vinos memorables. «Es tan fácil como mirar, por ejemplo, Borgoña y ver cómo, en las mismas parcelas históricamente, hay bodegas que tienen mejor fama y mejor vino todos los años que otras. Por lo tanto, el factor humano en este caso es el decisivo«, matiza Sourdais.

El valor de la añada: racimo de uva en la cepa antes de la vendimia tras un ciclo perfecto
Racimo tras un ciclo perfecto

Es en este punto donde surge la cuestión: ¿debe el enólogo intentar mantener el estilo de la casa idéntico todos los años corrigiendo los efectos de la añada en bodega, o es preferible dejar que el vino sea un espejo desnudo de lo que ocurrió climatológicamente, aunque el perfil cambie drásticamente? El autor de La Diva lo tiene claro: «Si estamos hablando de hacer vinos que reflejen el terroir —que es nuestro caso— hay que dejar que lo hagan. Si miramos Burdeos pasa lo mismo: aunque sea un trabajo de ensamblaje, Château Margaux quiere plasmar su parcela. Creo que esto pasa, al fin y al cabo, por una viticultura con sentido, con buen sentido».

En parecidos términos se pronuncia la directora de Servicios Técnicos del Consejo Regulador de la D.O.Ca. Rioja, quien también pone el acento en el impulso de una mayor precisión tanto en campo como en bodega: «La profesionalización del sector nos permite adaptarnos mejor cada campaña sin perder la identidad de cada añada, que sigue mostrando las condiciones específicas de cada vendimia y la diversidad única de Rioja».

La anatomía de una gran añada y el cuadro de honor

Vistas todas estas aristas, la cuestión mollar vuelve a plantearse: ¿qué convierte a una cosecha en excepcional? Para Isabel León, no hay fórmulas fijas. «El resultado es la suma de todo: el clima, el viñedo y el trabajo en bodega, pero la verdadera grandeza se demuestra en la copa. Un año se vuelve excepcional cuando el vino te lo da absolutamente todo en el momento de beberlo, pero además tiene esa estructura, acidez y equilibrio que le permiten crecer con el tiempo en la botella». Asimismo, León recuerda que el valor de la añada debe matizarse según su destino: «Para un vino joven de consumo rápido, una añada menos valorada o más fresca suele ser mucho mejor: da vinos más ágiles, frutales y fáciles de beber desde el primer día, sin la ‘dureza’ de una añada pensada para envejecer. Por eso es vital entender que el valor de una añada también depende del objetivo del vino».

A la hora de trazar un mapa con las cosechas icónicas de los últimos años, las visiones de nuestros tres expertos convergen en fechas inolvidables.

En la D.O.Ca. Rioja, Rubio Gil destaca la continuidad de la excelencia con hitos como 2010, 2011, 2019, la revelación de 2021 y la reciente 2025, calificada como la Añada del Centenario. En todas ellas coincide un patrón: sanidad vegetal impecable, maduración pausada y un equilibrio idóneo para desafiar al tiempo.

En la D.O. Ribera del Duero, Bertrand Sourdais señala la 2025: «No hubo accidentes climatológicos estresantes para la viña (ni hielo, ni granizo), hubo abundancia de agua —por lo tanto, no hubo estrés hídrico, lo cual es excepcional—, la floración fue muy rápida (lo que aporta gran homogeneidad a la cosecha) y, para rematar, todo el mes de septiembre contó con temperaturas moderadas y noches muy frescas».

Por su parte, Isabel León atesora en su memoria la 2010 en Ribera con referencias icónicas como Vega Sicilia Único, y vuelve a incidir en la sorprendente 2021 riojana, «una añada verdaderamente legendaria con auténticos vinazos». En el ámbito de los blancos de corte atlántico, León sitúa la 2015 de Rías Baixas como una cosecha fantástica: «La fruta madura encajó de maravilla con esa acidez salina tan suya y, con el tiempo en botella, el vino se ha vuelto más untuoso, elegante y complejo. He descorchado muchísimas botellas de esta añada en los últimos años y he sido enormemente feliz bebiéndolas. Mi única pena es que ya es una cosecha realmente difícil de encontrar, aunque ahora estoy abriendo la 2024 y promete«.

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Madrileña de Aluche de cuna y militancia, licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y, desde noviembre de 2019, miembro del equipo de Contenidos de Bodeboca. La mayor parte de mi trayectoria laboral ha estado ligada a la información local de mi ciudad en prensa escrita y radio. La casualidad (¿o causalidad?) hizo que cambiara ruedas de prensa, plenos municipales y visitas de obras por historias de bodegas, variedades de uvas y notas de cata con palabras mágicas como sotobosque. Viajar, el mar con los míos, los días soleados, perder la noción del tiempo en un museo y las canciones de siempre de Calamaro, U2 o Bruce Springsteen, son algunas de mis cosas favoritas. Y, por supuesto, si se dan acompañadas de vino, la perfección.