Marta Botas, artista visual y directora creativa

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Nacida en Gijón en 1977, Marta Botas se define como artista visual y directora creativa. Desde su estudio, ubicado en un encantador ático del barrio madrileño de Las Salesas, desarrolla proyectos que conectan arte plástico, diseño gráfico, identidad y narrativa.

Su trabajo combina pintura, dibujo, composición gráfica y dirección artística, creando universos visuales en los que dialogan naturaleza, arquitectura, memoria y cultura material. A través de distintos soportes —obra plástica, edición, gráfica o intervenciones de gran formato— investiga la relación entre lo orgánico y lo simbólico desde una mirada contemporánea.

Formada en diseño gráfico en el IED Madrid, inició su trayectoria cofundando el estudio La Clé. Aunque desde 2008 trabaja de forma independiente colaborando con instituciones culturales, marcas, espacios gastronómicos y proyectos editoriales, desarrollando identidades y experiencias visuales desde un enfoque artístico y conceptual.

Marta Botas sentada en su estudio. ©Laura G. Cano

¿De dónde viene tu vocación artística?, ¿Es algo que asocias a tu infancia o surgió más adelante?

De mi madre. Ella pintaba y desde muy pequeña me llevaba a sus clases de pintura con señoras mientras yo estaba en una esquina con mi maletín de madera gigante. Creo que ahí empezó todo.

¿Siempre quisiste ser diseñadora gráfica o te hubiera gustado especializarte en alguna otra rama del arte?

Estudié diseño gráfico a finales de los noventa en el IED, cuando los estudios eran mucho más interdisciplinares, plásticos y experimentales; muy poco digitales y con mucha teoría e historia del arte. Yo quería hacer portadas de discos y libros. No tenía demasiada conciencia de lo que era realmente el diseño ni a dónde me iba a llevar.

¿Cómo definirías tu estilo como diseñadora e ilustradora para alguien que no tenga muy presente tu obra?

Me cuesta definirme y clasificarme. Estoy a medio camino entre una diseñadora gráfica semianalógica, una ilustradora y una artista plástica. Después de más de 25 años, mi trabajo está virando más hacia lo plástico, aunque sigo arrastrando lenguajes y recursos de toda mi trayectoria. Cambian los soportes y las técnicas, pero la conceptualización y los procesos siguen siendo muy similares. Si tuviera que definirlo, diría que es un lenguaje “gráfico-plástico”.

Dentro de tu porfolio, la gastronomía se ha convertido en una temática con mucho peso. ¿Por qué tiene tanta importancia en tu obra?

Principalmente trabajo en cultura (museos, instituciones) y gastronomía (bodegas y restaurantes). Ambos mundos tratan del “hacer”, de mostrar, de disfrutar. Me interesa mucho la gastronomía por varias razones: creo que es una parte fundamental de nuestra cultura. A partir de la comida se puede contar de dónde venimos, con quién compartimos, qué nos emociona. Cada imagen, cada trazo, cada utensilio está conectado con una historia, una memoria o una costumbre. Puede ser una receta heredada, una sobremesa, una cosecha, o simplemente un gesto cotidiano que muchas veces pasa desapercibido. Al mismo tiempo, creo que el cocinar se sirve de la misma metodología que crear: el diseñar. Cocinar es un microproyecto en el que se decide, se recopila, se prepara, se espera, se disfruta y se recuerda. Obviamente me gusta comer, y sobre todo cocinar.

De hecho, tienes un proyecto titulado I Believe in food

Es un cajón desastre que empecé hace muchos años. I Believe in Food es una forma de decir que creemos en la comida como algo más de lo que hay en el plato. Es un proyecto que nace de mirar el alimento con otros ojos: no solo como algo que se cocina y se come, sino como algo que cuenta cosas.

En el estudio nos gusta pensar que este proyecto convierte lo pequeño en algo valioso. Que un tomate, una cuchara o una mesa puesta pueden ser tan poderosos como un símbolo, porque hablan de lo común, de lo que compartimos todos. I Believe in Food es, en el fondo, un homenaje visual a lo que nos alimenta (por dentro y por fuera).

También has colaborado con algunos restaurantes icónicos como Cuenllas, y más recientemente con aperturas muy sonadas como OSA. ¿Cómo surgieron estos proyectos?

Hace mucho años tuve un blog que se llamaba Vuelva Usted —por aquello de Vuelva usted mañana de Larra—, un espacio digital de lugares y personas que me interesaban. Allí publiqué un dibujo de la tarta de limón de Cuenllas y de alguna manera le llegó a Fernando Cuenllas. Empezamos a trabajar muchos años después en la imagen de Cuenllas Salesas y de ahí en la de Cuenllas Ferraz, y de ahí en OSA. Nunca se puede saber dónde te puede llevar el limón y el merengue…

Ilustración realizada para el restaurante Cuenllas, en Madrid

¿Hay mucha diferencia entre diseñar para un restaurante con una larga tradición como es Cuenllas y para uno que nace con ganas de crear su propia historia como OSA?

Si, claro. Cuenllas tiene casi 100 años de historia y mucho que contar. Redibujé para su identidad visual unas letras de hace mil años que encontré en su espacio, dibujé su fachada tan reconocible en la que se ve la tienda, restaurante y terraza. Para la carta elegí mis canapés favoritos y la botella de Romanée-Conti de 1987, año en que Cuenllas abrió su barra de vinos y tapas. En OSA empezamos de cero, buscando trasmitir algo muy contemporáneo pero a la vez clásico, muy cuidado y de temporada. Osa ha conseguido posicionarse muy rápido como una propuesta nueva y única en Madrid.

Hablemos ahora de los vinos, ya que has ilustrado un buen número de botellas para bodegas como Marqués de Murrieta, Catena Zapata o Vega Sicilia. ¿Cuándo empezó tu trabajo como diseñadora de vinos?

Germán R. Blanco y yo nos conocimos a los 15 años en Gijón. Somos muy buenos amigos, además de trabajar juntos en todos sus proyectos (Bierzo, Ribera y Rioja). Él me introdujo en este mundo. También fuimos socios en Rara de Raro, un proyecto cuyo primer vino se llamó El Año del Desastre a causa de una mala añada 2006, una producción única, mínima y numerada. No funcionó. A veces por darnos ánimos y empuje decimos que fuimos unos adelantados. Ese proyecto hoy en día sería un éxito. Teníamos veintipocos años. Germán es uno de mis motores, como profesional y como persona. Hemos crecido de forma paralela, él con sus vinos y yo con mi estudio, y hemos trabajado en diferentes lugares y de diferentes formas, pero compartimos proyectos, ritmos, enfados y humor. Y mucho respeto.

El vino es uno de los alimentos con una narrativa más cultural. ¿Sientes que las bodegas tienen una sensibilidad especial a la hora de trabajar con artistas para diseñar la imagen de sus vinos?

Las bodegas trabajan con artistas y diseñadores por varios motivos. Por mostrar una sensibilidad hacia el arte, pero apostar por una obra única de marcada personalidad y alejada de la tendencia es un riesgo que no todos se pueden permitir. Es una apuesta por lo exclusivo. A mí, por lo general, me llaman para hacer las etiquetas de vinos de parcela, ediciones especiales muy cuidadas. Es raro ver una etiqueta mía en un vino del que se produzcan decenas de miles de botellas…

¿Cómo es el diálogo entre artista y elaborador a la hora de definir el diseño de una etiqueta?

Hay una novela gráfica (Los Ignorantes, de Étienne Davodeau) que me regalo Germán y que es preciosa. Habla de la relación entre un enólogo y un dibujante de comics. Un intercambio de meses en el que ambos aprenden de los dos mundos. Ser conscientes de todo lo que nos queda por hacer a todos es un estímulo. Lo ideal es poder tener el tiempo suficiente para poder empaparte del proyecto y poder contarlo visualmente de la mejor manera posible. Pero como vamos tan rápido, muchas veces no puede ser así. Una pena…

¿Qué importancia tiene un buen diseño a la hora de que un vino venda más ya sea en un lineal de supermercado, en una tienda especializada o en la pantalla de una tienda online como Bodeboca?

El buen diseño tiene que funcionar de muchas maneras: para dar información o por una cuestión puramente estética y de tendencia (aquí nos metemos en otro tema que podríamos desarrollar durante horas). No es lo mismo comprar en una tienda especializada con una atención diferente, a un supermercado (o una tienda online con sus recomendaciones). Hay muchos factores que pueden influir en el consumidor.

Ilustración para uno de los vinos de edición limitada de Marqués de Murrieta

¿Intentas trasladar lo que te evoca sensorialmente un vino a la etiqueta o crees que son dos lenguajes distintos que no tienen que tener una coherencia…

Creo que el diseño tiene que contar, además de hacer visualmente atractivo algo. Y lo ideal sería trasladar a la etiqueta por qué ese vino es diferente al de al lado, pues realmente lo es. Ahí está la magia. He tenido la suerte de conocer Rioja de la mano de Murrieta, Liébana con Isabel García (Los Picos), Ribera y el Bierzo con Germán R. Blanco (Quinta Milú y Casa Aurora), Gredos con El Reventón, etc. Y muchos otros lugares trabajando con Maite Corsín en alguno de sus libros y proyectos.

Y como consumidora, ¿qué crees que debe tener una etiqueta para fijarse en ella?, ¿No crees que hay muchas etiquetas modernas que pecan de utilizar diseños muy similares entre sí?

No soy la mejor en responder a esta pregunta, pues me dejo recomendar casi siempre. Me fijo mucho en las etiquetas, pero con el ojo de ver qué veo y descubrir nuevos o diferentes formas de diseñar. Una de mis etiquetas favoritas es la de Castillo de Ygay, de Marqués de Murrieta. Ya de pequeña, cuando veía esa botella en casa, me quedaba hipnotizada; y hoy sigue provocándome lo mismo.

¿Has notado una evolución significativa en el diseño de las etiquetas de vino en los últimos años o crees que es un sector demasiado conservador?

Creo que hay una gran evolución no solo en el diseño de etiquetas, sino en todo en general. Estamos perdiendo bastante identidad, pues todo es igual en todas partes. Por eso es tan importante que seamos conscientes de lo que hacemos y por qué lo hacemos, y tenemos la responsabilidad de mostrarlo de la mejor forma. Hay mucho que contar sin recurrir necesariamente a las tendencias. No nos tenemos que inventar una historia como operación marketiniana, la tenemos delante y detrás.

¿Qué proyecto relacionado con el vino te ha hecho más ilusión llevar a cabo en los últimos años?, ¿Tienes ahora mismo alguno entre manos?

Acabo de hacer un mapa de El Bierzo para Casa Aurora. Mostrar el lugar de donde salen los productos nos hace valorarlo y entenderlo mejor. Y en este punto se entiende todo: la tierra, las viñas, los árboles y plantas que las rodean, el clima, las montañas, la gente que vive allí. También estamos trabajando en las nuevas etiquetas de Ehlers Estate, en Napa Valley, California. Llevo años trabajando con ellos, desde antes de la pandemia, y todo el proceso me parece muy interesante. En estos momentos estamos apostando por unas etiquetas casi sin nombre, muy artísticas que se presentarán en agosto. Por último, estamos diseñando un bar de vinos en San Juan, Puerto Rico.

¿Y qué vino o bodega te gustaría rediseñar a nivel de identidad visual si pudieras?

Tirando para “la tierrina” como se dice en Asturias… me gustaría diseñar la identidad de un vino de Cangas. Y también de una sidra.

Ilustración realizada para Hlers Estate, en Napa Valley (California)

Si tu manera de trabajar fuera un vino, ¿cómo lo describirías?, ¿como un vino maduro?, ¿como un vino con larga crianza con todavía muchos matices por mostrar?, ¿como un vino artesanal sin filtrar?, ¿como un blanco más ligero y refrescante?

Como un crianza bebido antes de madurar.

Para terminar, recomiéndanos un restaurante que te inspire y un vino que te guste disfrutar mientras estás en pleno proceso creativo.

Me inspira más un bar, con el sonido de una máquina tragaperras sonando de fondo y donde la gente se salude por el nombre. Y con una buena tortilla de patata. No suelo beber cuando trabajo, pero si lo hago opto por un vino de Sancerre, un Oporto Tawny de 10 años, un tequila Don Julio 70, un Vermut Rojo Domingo o un champagne, ¡me encanta el champagne!

Foto de portada: Marta Botas en su estudio de Madrid. Imagen de Laura G. Cano. ©

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A pesar de ser de Teruel, no me gusta el frío. En 2011 me licencié en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y he trabajado en medios como la Agencia EFE o Unidad Editorial. En 2013 me incorporé al equipo de Contenidos de Bodeboca y desde entonces he aprendido mucho sobre el mundo del vino y los destilados, el cual forma parte de mi día a día. Actualmente soy el Content Lead de Bodeboca y coordino a un apasionado grupo de redactores. Me encantan también el fútbol, el cine, descubrir nuevos restaurantes y viajar.