Vicente Cebrián-Sagarriga, presidente de Marqués de Murrieta

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Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga Suárez-Llanos (Madrid, 1970) forma parte de la nobleza por partida doble, ya que ostenta por vía paterna los títulos de conde de Creixell y barón de La Pobadilla. Lleva más de 20 años al frente de Marqués de Murrieta y puede presumir de haber elaborado el primer vino blanco seco español de la historia con 100 puntos Parker o haber servido sus vinos en la gala de los premios Nobel o en la final de la Champions League.

Vicente Cebrián.

Comenzó ayudando a su padre con solo 15 años. ¿Cómo fueron esos comienzos tan precoces?

Empecé a trabajar con mi padre jovencísimo porque él perdió a su familia muy pronto y creo que intentó transmitirme a mí la responsabilidad que él había asumido. Poco después de que él adquiriera Marqués de Murrieta en 1983, me dijo que quería que yo fuera el transmisor de la filosofía familiar de la casa en el exterior. Luego, cuando comencé la universidad en Navarra, empecé a compaginar mis estudios de Económicas, Empresariales y Derecho con la dirección de exportación de la bodega, y al finalizar la carrera ya llevaba la dirección comercial.

¿Siendo tan joven le atraía realmente el mundo del vino?

Recuerdo sobre todo a mi padre involucrándome en el mundo de la empresa familiar, que creo que es uno de los grandes activos que tiene España, y recuerdo cómo me fui familiarizando con lo que es la solidez de una marca a nivel internacional. Así me fui adentrando poco a poco en el mundo del vino haciéndome cada vez más sensible a él. Con tantos años unido al vino (ahora llevo 22 al frente de Murrieta), al final vas adquiriendo conocimientos, aunque tengo un gran equipo detrás que es quien los elabora.

¿De dónde le venía a su familia la pasión por el vino?

Venía por la finca familiar de Galicia, Pazo de Barrantes, donde siempre tuvimos plantado algún viñedo y frutales, pero era una producción de vino simbólica, solo para familia y amigos. Era un hobbie más que otra cosa.

Y la historia se repite en su familia, ya que con apenas 25 años usted tiene que afrontar la pérdida de su padre.

Tuve un vértigo absoluto. Por un lado, en el aspecto familiar, mi padre era una figura muy importante, y yo me obsesioné con llenar su hueco, lo que me produjo mucha tensión. Luego en la parte de los negocios también sentí mucho vértigo porque me di cuenta de que cualquier decisión mía podía ser trascendental en una marca tan importante para España como Marqués de Murrieta. Ahí es cuando me di cuenta de lo importante que había sido la dureza en la que él me había educado.

Castillo Ygay Gran Reserva, el tinto más icónico de la casa.

¿Cómo definiría la filosofía de Marqués de Murrieta a día de hoy? 

Marqués de Murrieta es un proyecto tremendamente honesto, como creo que debe ser todo el mundo del vino, ya que trasladamos lo que nos da la naturaleza. Murrieta es agricultura, ya que somos de los pocos en Rioja que elaboran exclusivamente con viñedo propio de una única finca. Murrieta sigue siendo familia, Murrieta es equilibrio entre tradición y actualidad, y una marca con unos vinos con un carácter muy definido.

En estos años ha sabido actualizar una bodega con 165 años de historia. ¿Ha sido esto quizás lo más difícil de su gestión?

Nuestro trabajo en estos años podría resumirse en la frase “cambiarlo todo para que no cambie nada”. Uno de nuestros mayores esfuerzos ha sido el de sustituir la palabra “rancio” por “clásico”. En el caso concreto de Castillo Ygay ha sido especialmente difícil porque es nuestro vino más icónico y por el que se nos conoce en todo el mundo. Lo que hemos hecho ha sido adaptar Castillo Ygay a lo que creíamos que debía de ser Ygay en la actualidad, un vino con una presencia de fruta inaudita para un Gran Reserva, con mayor músculo y más potencia. Hoy se acentúa más que nunca la contradicción entre el concepto clásico de Gran Reserva y Castillo Ygay. Incluso pensé quitar la palabra Gran Reserva de Castillo Ygay, pero al final decidimos que lo bonito que tenía Castillo Ygay era esa contradicción.

Uno de los últimos grandes hitos de Murrieta han sido los 100 puntos Parker de vuestro Castillo Ygay Blanco Gran Reserva 1986.

Solo han salido 13 añadas de Castillo Ygay Blanco al mercado desde 1852, imagínate lo que eso supone para la cuenta de resultados de una empresa. Son vinos con crianzas de 30 años en total. Analiza los periodos de tensión y trabajo que hay detrás de un vino de ese calibre. El anterior que salió al mercado fue el de la añada 1970. Sacarlo y que toda la crítica te otorgue 100 puntos, no solo Parker, te da mucha satisfacción. Significa un premio a una labor hecha, una inyección para seguir trabajando en ese camino. Es un vino que a todos los españoles, y especialmente a los riojanos, debería hacernos sentir orgullosos.

Marqués de Murrieta Reserva.

Además sus vinos se han servido en la gala de los premios Nobel, en la final de la Champions League, en la Fórmula 1 o en el Open de Tenis de Madrid.

Estamos felices de haber alcanzado ese posicionamiento. Todas estas cosas son las que mantienen viva a una marca histórica como Murrieta, son eventos que todos vivimos en nuestros tiempos de ocio, eventos muy actuales, y que una bodega con casi 170 años de historia esté ahí presente, es lo que la mantiene vigente.

Y volviendo a una realidad más cruda, ¿cómo fomentamos el consumo de vino entre los más jóvenes?

Creo que hay un factor importante en la educación que ha dado la última generación de padres a sus hijos. Yo recuerdo las comidas familiares de fin de semana en mi casa en las que siempre se abría vino y se trasladaba la cultura del vino entre padres e hijos. Hoy ves a padres e hijos en comidas pegados al móvil, sin conversación, y es un eslabón que hemos perdido. Necesitamos unirnos. Yo sé que no tengo vinos para chicos de 18 años porque están fuera de su poder adquisitivo, pero sí podemos hacer entre todos políticas para explicar a la juventud que el vino forma parte de su cultura. Que en un país que es el mayor viñedo del mundo, la esencia de la diversión de la gente joven sea el botellón significa que hemos fallado como transmisores de esa cultura. Sin embargo soy optimista y creo que hemos hecho cosas para quitar dramatismo al vino, como la introducción de los vinos por copas. En cualquier caso, hay que seguir mandando mensajes de acercamiento.