Clemente Sequeiros, un vigneron en Cabreira

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“Mi mayor satisfacción sería que alguien que pruebe mi albariño diga: ¡Caramba! en España se hacen grandes blancos también”

¿Cómo surge la historia de la bodega?

Mis tatarabuelos y abuelos eran campesinos de toda la vida y vivían con los medios de subsistencia del rural gallego, básicamente vivían de vender vino y algún que otro ternero al año. Mi padre era el más joven de seis hermanos, emigra a Brasil y al volver al terruño en 1960 decide comprar una propiedad solariega en la que existían viñedos de albariño de los años veinte.

La bodega se llama como tu padre Ángel Sequeiros. ¿Qué propósito tenía cuando puso en marcha el proyecto?

Mi padre puso mucho hincapié en tener una uva de alta calidad. Plantó los viñedos en 1985, justo cuando la denominación Rías Baixas comenzaba a consolidarse. Apostó todo a la Albariño, una uva muy bien adaptada al clima gallego, resistente a la botritis, con grado y acidez y sobre todo, con un potencial aromático muy grande. Mi padre elaboraba una pequeña cantidad pero para vender entre amigos, no llegó a comercializar sus vinos a gran escala.

¿En qué momento te incorporas a la bodega familiar?

Mi padre se fue haciendo mayor y alguien se tenía que hacer cargo de una explotación en marcha. Yo soy arquitecto y no pensaba dedicarme al vino pero se dio la circunstancia de que era el único en la familia que en ese momento podía encargarse. Cuando me di cuenta de que tenía una plantación de buena uva en una finca única de 7,4 hectáreas decidí elaborar vino. No quería hacer un albariño joven más, para consumo rápido, quería intentar elaborar un vino a imagen y semejanza de los grandes blancos europeos, con cuerpo y estructura, con capacidad para resistir bien.

Vinos blancos de guarda en una denominación arraigada en el consumo de vinos del año ¿Una decisión atrevida?

Hay una especie de sambenito de que los vinos blancos hay que consumirlos jóvenes y en el año y afortunadamente con la aparición de nuevas denominaciones y nuevos productores se ha demostrado que no es así. Desde el minuto uno la idea que tenía era hacer algo distinto, extraer el máximo potencial posible a la variedad, emulando lo que se hacía con los grandes blancos basados en la Sauvignon blanc. Si bien es cierto que en ese momento existían albariños con barrica, cuando los catabas parecía que te metías un leño en la boca y yo no quería esto.

¿Cómo consigues trabajar con la madera y que prácticamente no se note?

Trabajando la crianza en grandes volúmenes, no uso barrica, uso foudres de 5000 litros donde la transferencia de la madera es muy equilibrada. A la gente que prueba mis vinos les pasa una cosa, si no son expertos les parecen distintos pero no logran determinar que se tratan de vinos con crianza en madera.  No obstante, mi mayor ventaja diferencial está en contar con una buena uva y una elaboración muy concienzuda.

¿Qué recomendación harías a los suscriptores que van a probar tu vino?

Primero que prueben el vino y luego que se fijen en la añada, se van a sorprender. Les diría que no se preocupen por buscarle maridajes especiales, yo por ejemplo me lo tomo con un cocido gallego y está francamente espectacular.