Bloody mary: la historia detrás de un cóctel-remedio pionero

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No hay nada que hacer. Septiembre empieza a vislumbrarse entre sombrillas, hamacas y los últimos chapoteos. El verano y las esperadas vacaciones tocan a su fin, y qué mejor remedio para atenuar el más traumático de los regresos que la panacea líquida antiresacas por excelencia: el bloody mary.

Esta bebida no sólo es una de las más populares y consumidas del planeta, sino también el auténtico pionero de los cócteles salados. La inclusión de zumo de tomate en su elaboración, fuente de vitaminas A, C, K y algunas del complejo B, de gran cantidad de minerales y de propiedades antiinflamatorias, analgésicas y alcalinizantes para reducir la acidez estomacal, han hecho además de él una suerte de elixir popular para capear los estragos de noches parranderas. En todo caso, al igual que sucede con otras afamadas mezclas, su origen, naturaleza del nombre e incluso receta original cuenta con distintas versiones, pero parece que hay cierto quorum en señalar a un hombre, un bar y un año concretos como inicio de todo.

El hombre y más que posible ‘padre de la criatura’ se cree que fue Fernand Petiot, barman del famoso Harry’s Bar de París (entonces New York Bar), quien en 1921 sirvió a su clientela vodka y zumo de tomate a partes iguales, creando así el único cóctel que parece estar permitido disfrutarse a tempranas horas mañaneras a salvo de miradas reprobadoras. Una década después, la “fórmula” primigenia sería enriquecida por el propio Petiot, pero ya tras la barra del King Cole Bar del Hotel St. Regis de Nueva York. Al mix de vodka y zumo de tomate añadiría pimienta molida, zumo de limón, salsa Worcestershire (conocida también como inglesa o Perrins) y unas gotas de tabasco. Nacía así el bloody mary en la versión más habitual que hoy conocemos, y encontramos comúnmente adornado con una rodaja de limón y un tallo de apio a modo de seudocucharilla para remover. 

Mary I de Inglaterra

Esclarecido el quién, el dónde y el cuándo, el siguiente misterio atañe, como no podía ser de otro modo, al nombre escogido en cuestión, sobre el que también existen distintas teorías. Los más historicistas señalan que el intenso color rojo del cóctel hizo que su creador recordara a Mary I de Inglaterra, Mary Tudor, quien fuera conocida con el sobrenombre de Bloody Mary por su implacable persecución hasta la muerte de protestantes y anglicanos en su cruzada de restaurar el catolicismo en el reino. 

Otros más prosaicos apuntan la autoría a uno de los clientes de Petiot, quien al probarlo asoció su sabor intenso al fuerte temperamento de una camarera que conocía de un bar de Chicago apodada bloody Mary.   

La tercera y última saca a la palestra a la mismísima actriz Mary Pickford, una de las más célebres estrellas del cine mudo de principios del siglo XX. Se cuenta que cuando probó el cóctel por primera vez le gustó tanto que propuso llamarlo con su propio nombre en vez de bucked of blood (cubo de sangre), que es como parece que se designaba hasta entonces por su llamativo color. 

La actriz canadiense Mary Pickford

Créditos a parte, el éxito y popularidad del bloody mary son indiscutibles desde hace más de cien años y prueba de ello también son las diferentes “reformulaciones” inspiradas en él a lo largo de este tiempo sustituyendo el vodka por otra base alcohólica, incluso eliminándolo en lo que sería un virgin mary. Así con tequila tenemos el bloody maría, el red snapper con ginebra e incluso, aunque no lleve zumo de tomate, podemos incluir en esta lista a la michelada, bebida a partir de cerveza que cuenta también entre sus ingredientes con sal, limón o lima y salsas picantes. 

Repasadas ya su historia y distintas versiones alternativas ya sólo queda lo mejor… ¡lanzarse a prepararlo! Confieso que mi miedo ante el tabasco, por no ser precisamente muy fan de lo picante, siempre me había hecho reticente a probar este ‘brebaje’ rojizo. Pero el empirismo que reclama el deber (sí, amigos, la vida es así de dura) esta vez ha hecho de acicate definitivo. Así que me puse manos a la obra y reuní uno a uno todos los ingredientes recogidos en la receta definitiva de Petiot, que es también la oficial de la IBA (Asociación Internacional de Bartenders), y procedí a introducirme en el ritual ‘bloodymariano’. 

En un vaso mezclador junté 4,5 centilitros de vodka (opté por la pureza y versatilidad coctelera del superventas sueco Absolut); 9 centilitros de un buen zumo de tomate (muy importante porque su calidad marca la diferencia); 1,5 centilitros de zumo de limón o lima recién exprimido, un chorrito de salsa Worcestershire o Perrins; 2 gotas de salsa de tabasco rojo y sendas pizcas de sal y pimienta molida. Agité bien todo y lo vertí en un vaso alto con dos cubos grandes de hielo y sin más florituras me dispuse a degustarlo. 

Primera observación para los asustadizos del picante: no hay nada que temer, el león no es tan fiero como lo pintan. La conjunción de todos los ingredientes procura un equilibrio sabroso en el que nada perturba ni molesta. El agridulce del tomate con su textura densa; la acidez refrescante del limón; el picante del tabasco y de la pimienta negra molida y el umami de la salsa inglesa se perciben armoniosamente potenciados por la neutralidad del vodka, cuyo alto grado pasa desapercibido. 

Segunda observación y conclusión final: en las cosas del beber, como en la vida, los prejuicios estrechan la mente impidiéndonos disfrutar de nuevos placeres y experiencias. Así que, queridos, abran su universo y su coctelera, siempre con medida y sentido, y jueguen, que de eso se trata. Salud y que la vuelta a la rutina nos sea a todos leve.

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Madrileña de Aluche de cuna y militancia, licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y, desde noviembre de 2019, miembro del equipo de Contenidos de Bodeboca. La mayor parte de mi trayectoria laboral ha estado ligada a la información local de mi ciudad en prensa escrita y radio. La casualidad (¿o causalidad?) hizo que cambiara ruedas de prensa, plenos municipales y visitas de obras por historias de bodegas, variedades de uvas y notas de cata con palabras mágicas como sotobosque. Viajar, el mar con los míos, los días soleados, perder la noción del tiempo en un museo y las canciones de siempre de Calamaro, U2 o Bruce Springsteen, son algunas de mis cosas favoritas. Y, por supuesto, si se dan acompañadas de vino, la perfección.